(Retiro Guayente 1 al 3 de febrero de 2008)

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EN LA NIEVE LA RAMA FLORECIDA

  Febrero nos saludaba con un tiempo propio de incertidumbres. Las montañas del Pirineo aragonés nos acogieron como dijo muy acertadamente nuestra instructora Mar López "como el útero de una madre". La belleza del paisaje y la armonía entre él y nosotros se manifestaron en aquel instante como el abrazo de una madre que acoge a sus hijos para mostrarles la belleza de la vida, en la que en sus entrañas se manifiestan sus secretos.

A partir de aquí entre la acogida y la ternura de lo que se iba a desarrollar en aquel lugar tan privilegiado -con tanta historia e historias entre sus paredes-, nos dispusimos a profundizar en la base de Shojin Ryori.

Comenzábamos el fin de semana con expectativas de nieve que no llegó hasta el domingo que a la hora de partir unos minúsculos copos se estrellaron en mi forro polar y se produjo la maravilla de ver la perfección de un copo de nieve. Era el regalo del retiro que habíamos concluido.

El lugar nos regaló una convivencia con una comunidad de los Hermanos de la Salle que desde el silencio nos facilitaron toda la labor para que nuestro proceso siguiera de forma natural. Nos cedieron su comedor y ellos las comidas las hacían en un reservado de la cocina. Un acto de entrega y de fuse total.

La meditación en una ermita del siglo XIII fue otro regalo de este retiro. El zazen en un lugar donde han sucedido tantas historias y con tanta Historia fue una vivencia de unión total con todo el universo.

Miguel Angel nos enseñó unas mínimas bases y conocimientos de la cocina de Shojin Ryori. Hubo momentos importantes dentro de la cocina. La presentación de los alimentos que habíamos comprado antes de empezar a manipularlos, era un sentimiento de agradecimiento a la madre tierra por todo aquello que se nos había dado para mantenernos y seguir practicando la vía del Buda. Ver ante aquella mesa todo tipo de alimentos cada uno con su característica, color, sabor y virtud era una sinfonía.  Aquel era el preludio de lo que iba a suceder. Éramos una orquesta dirigida por Miguel Angel en la cual nosotros, los músicos, íbamos a dar a aquellos alimentos la mejor melodía para la Sangha, a través de todas las notas de color, sabor, y virtudes en una majestuosa, maravillosa y sencilla sinfonía.

La sencillez, la fuerza y la energía era la base de aquella sinfonía.

Mientras en la nieve la rama florecida...

¡Qué decir de la guenmai! ¡Qué proceso! La alquimia de la transformación del arroz desde el lavado hasta su elaboración, pasando por todos las mutaciones para que llegase impecable a la mesa de la Sangha, es una experiencia que surge del corazón como un proceso interior comparable a como se abre el arroz dentro del puchero sin más obtención que abrirse para manifestarse tal cual es: arroz.

En las enseñanzas Miguel Angel nos sintentizó cual era el espíritu de la cocina: Alegría, benevolencia y grandeza de espíritu. Estos son los tres espíritus, sin olvidar la atención a la respiración, al momento presente, mantener la atención y sobre todo no ser prisionero del tiempo.

El domingo amaneció triste. Aquel mandala se deshizo, pero nos fuimos con una gran enseñanza: El zen es servicio, entrega total sin esperar nada a cambio...

...Y en la nieve la rama florecida...

09/07/2008 15:47 Autor: Agustín Vázquez. Enlace permanente.

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