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Resumen

LA JORNADA MAS ZAZEN. ZARAGOZA

Después del periodo de ajetreo que nos produce el verano, vino la calma, una calma deseada y sobretodo compartida.Una alegre sonrisa matutina, a pesar del somnoliento estado, nos daba la entrada a la jornada, Miguel Angel iba a dirigirla en esta ocasión e iba a ser una jornada a la antigua: con oryokis en el dojo, concentración absoluta.La guenmai deliciosa, mejor no abusar, el samu se hace breve hay mucha gente y se organiza todo en silencio, palabras no gracias, intuición.Insisto en que estas jornadas para mí son un descubrimiento muy parecido a las seshin, aunque requieren más esfuerzo en desconectar, los beneficios cosechados son increíbles.El cansancio de las rodillas no evita la sobriedad de la ceremonia final, a la que aún viene mas gente, y además nos acompaña Mar, y con más emoción que concentración observo el circulo de corazones. No se puede explicar, yo grabaría en video si se pudiera, como explicar los encuentros entre viejos amigos de la vía, las miradas entre todos, lagrimas, sonrisas, carcajadas, sapos y culebras también tuvieron una fuerza interior increíble. Expresar me resulta muy difícil, todo lo que siento ya lo han dicho otros, agradecer y saber que esta shanga nos quiere  ¡es la nuestra¡.Me siento bien y se que la cena de convivencia, después de esta jornada, va a ser más beneficiosa todavía para todos, para el dojo, pero me tengo que ir …..gracias….gasho.Gracias Zazen.

Alberto

   

03/10/2007 14:07 Autor: Agustín. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Los monjes budistas y el compromiso cívico *

  

La imagen que suele tenerse del budismo, al menos en Occidente, es la de una religión o cosmovisión que huye del mundanal ruido por considerarlo impuro y se refugia en la contemplación para no mancharse las manos ni contaminar la mente con preocupaciones mundanas. Según esa imagen, la interioridad es lo que conforma el universo budista: la vida interior, la paz interior, la liberación interior, el viaje hacia el interior de uno mismo. La huida del mundo lleva derechamente a su negación. El ideal budista solemos situarlo, casi inconscientemente, en el monje que vive austeramente, depende de la generosidad de los laicos, pasa el día meditando, es insensible a los problemas de la sociedad y renuncia a sus compromisos cívicos porque su meta está en lograr la reconciliación consigo mismo.

 

Estamos, ciertamente, ante un estereotipo que ni se corresponde con la doctrina y la ética budistas ni resiste la prueba de la realidad. El budismo posee un componente liberador que la actual hermenéutica está intentando descubrir. La compasión no se queda en un sentimiento interior inoperante, sino que se canaliza hacia los pobres a través de la participación en los movimientos de liberación. Se intenta practicar una espiritualidad socialmente comprometida. La profundización de la conciencia lleva a la generosidad de espíritu, al tiempo que proporciona la energía necesaria para activar la compasión. La paz en cada momento de la propia vida es condición necesaria para que pueda instaurarse la paz en el mundo.

 

Especial importancia adquieren los grandes principios budistas: el origen interdependiente de todas las cosas y la interrelación de toda la vida, la compasión hacia todos los seres, la no violencia, el cuidado de todo lo existente, la eliminación del sufrimiento. A la luz de ellos, algunos intelectuales seguidores del Buda han llevado a cabo una nueva articulación de las distintas vertientes de la justicia y la paz: social, racial, ambiental, sexual, etcétera. Un buen ejemplo son las reflexiones del monje budista Thich Nhat Hanh que se opone al dualismo exterior-interior, subraya la continuidad entre uno y otro ámbitos y considera la paz interior como cauce para la reconciliación inter-humana. El mundo es nuestro yo ampliado. Por eso es necesario cuidarlo y activarlo, afirma en su excelente libro Buda viviente, Cristo viviente.

 

La imagen de un budismo que pasa de puntillas por la historia se quiebra cuando vemos a monjes que se autoinmolan públicamente para denunciar situaciones de injusticia estructural y guerras imperialistas, que participan en las movilizaciones de los movimientos de resistencia global junto con no creyentes y creyentes de otros credos, y luchan contra las estrategias excluyentes de la globalización neoliberal; cuando conocemos a comunidades budistas que ponen en práctica alternativas sociales, políticas y económicas inclusivas y que participan en plataformas de diálogo inter-religioso e intercultural en busca de una ética común emancipatoria compartida con otras religiones, culturas y cosmovisiones.

 

Durante la guerra de Vietnam, Thich Nat Hanh creó la Orden de la Inter-entidad, comprometida en la vida cotidiana y en la sociedad. Su filosofía se resume en este principio: “Yo soy, en consecuencia tú eres. Tú eres, en consecuencia yo soy. Éste es el significado del término inter-entidad. Todos inter-somos”. La orden aborda los problemas de la justicia y la paz sociales y sensibiliza a sus seguidores a contrastar su conducta con las necesidades de la comunidad.

 

En el movimiento pacifista causó un fuerte impacto el caso de una joven de familia noble asociada a la citada Orden de la Inter-entidad, que se quitó la vida en un templo budista para llamar la atención sobre la necesidad de buscar la paz y la prosperidad para toda la humanidad. Un mentís similar a la idea de pasividad que se cree inherente al budismo se produce en Sri Lanka donde los monjes participan activamente en la vida política.

 

El Dalai Lama es hoy uno de los referentes mundiales más luminosos en el trabajo por la paz y la defensa de los derechos humanos a partir de una doble revolución: ética y espiritual, que compagina armónicamente la compasión para con los otros y la liberación interior. “Toda revolución espiritual entraña una revolución ética”, afirma en su libro El arte de vivir en el nuevo milenio, pero entendiendo por espiritualidad no la religión como sistema de creencias sino el cultivo de valores como la tolerancia, la compasión, el perdón, la búsqueda de la felicidad, la eliminación del sufrimiento, el amor, la solidaridad, etcétera. El ejemplo más reciente e impactante de un budismo que armoniza ética y espiritualidad es el de los monjes y las monjas budistas de Myanmar, que gozan de un gran respeto y reconocimiento entre sus conciudadanos por su estilo de vida austero y por sus actitudes siempre solidarias con los sectores más marginados de la población.

 

Ellos se han colocado en la vanguardia de la revolución azafrán liderando las manifestaciones populares, que han logrado reunir a más de trescientas mil personas, y han unido sus fuerzas a las de organizaciones sociales y políticas de la oposición como la Liga Nacional para la Democracia (triunfadora en las elecciones de 1990), de la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Syi, para luchar contra la dictadura y la represión militar, construir una sociedad democrática, combatir la corrupción generalizada, que está instalada en la cúpula de la junta militar gobernante, y erradicar la pobreza en la que vive sumida la mayoría de la población. Con su actitud dicen al mundo entero que entre espiritualidad y lucha por la justicia no hay contradicción.

 

Los monjes están demostrando un gran coraje cívico al resistir pacíficamente, en la mejor tradición budista, a la violencia de los militares que los reprime, encarcela y asesina. Todo un ejemplo de compromiso cívico y una prueba más de que la religión no siempre es opio del pueblo, sino, como dijera el mismo Marx, “el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación carente de espíritu”.

 *Juan José Tamayo es director de laCátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad CarlosIII de Madrid 

Artículo publicado en EL PAIS miércoles 3 de octubre de 2007.

 

03/10/2007 19:13 Autor: Agustín. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Carta a mis hermanos monjes de Myanmar*

- Cóbreces, 4 de octubre de 2007.  

Queridos hermanos monjes:

En nuestra comunidad sabemos lo que es perder a 18 hermanos, víctimas de la intransigencia religiosa, de las consecuencias dolorosas de una guerra entre personas de una misma tierra, y de todas las carencias culturales que generan el afán de poder.  Mi Orden conoce las torturas y martirio que sufrieron nuestros hermanos de China, del Monasterio de Ntra. Sra. de la Consolación. 

Hace muy pocos años siete hermanos míos fueron degollados en Argelia por quienes, aparentemente, rezan al Dios que nosotros rezamos.  Por esto, y por muchas razones más me uno a vosotros en vuestro sufrimiento, y considero que esto nos hermana por encima de todo lo que nos divide a causa de nuestras culturas y situación geográfica, observancias monásticas y prácticas religiosas.

Habéis dejado la contemplación de vuestros monasterios para mostrar uno de los frutos más hermosos de la oración: la solidaridad con el que sufre, y así uniros a los gritos que nacen de todos los corazones explotados y oprimidos.  Quisiera estar a vuestro lado... pero los monjes de Occidente somos muy amantes de nuestra clausura y de nuestro orden, y no me sería posible un viaje tan largo. Me gustaría convocar en la catedral más cercana una jorada de oración con todos los contemplativos y contemplativas de esta provincia, me gustaría llamar a todos los jóvenes de España a unirse a vosotros  –ya lo están haciendo en muchos lugares...- pero... sería muy complicado...

¡Estamos muy ocupados en el quehacer de cada día!  Pero, ahora más que nunca, quiero hacer mío y hacerosllegar el mensaje de otro monje que os tenía gran aprecio, y que decía así:

"Mi monasterio no es un hogar.  No es un lugar en el que me encuentre arraigado y establecido en la tierra.  No es un entorno en el que sea consciente de ser un individuo, sino mas bien un lugar en el que desaparezco del mundo como objeto de interés a fin de estar en él en todas partes por medio del ocultamiento y la compasión.  Para existir en todas partes tengo que ser Nadie.  Pero el monasterio no es una «huida» del mundo.  Por el con­trario, al estar en el monasterio asumo mi verdadero lote entre todas las luchas y sufrimientos del mundo.  Adoptar una vida que es esencialmente no- autoafirmativa, no-violenta, una vida de humildad y de paz es en sí una declaración de la propia postura.  Pero cada uno en esa clase de vida puede, por la modalidad per­sonal de su decisión, otorgar a su vida entera una orientación especial.  Es mi intención hacer de mi vida entera un rechazo de y una protesta contra los crímenes y las injusticias de la guerra y de la tiranía política que amenazan con destruir a toda la raza huma­na y al mundo entero. A través de mi vida monástica y de mis votos digo NO a todos los campos de concentración, a los bom­bardeos aéreos, a los juicios políticos que son una pantomima, a los asesinatos judiciales, a las injusticias raciales, a las tiranías económicas, y a todo el aparato socioeconómico que no parece encaminarse sino a la destrucción global a pesar de su hermosa palabrería en favor de la paz.  Hago de mi silencio monástico una protesta contra las mentiras de los políticos, de los propagandistas y de los agitadores, y cuando hablo es para negar que mi fe y mi iglesia puedan estar jamás seriamente alineadas junto a esas fuer­zas de injusticia y destrucción.  Pero es cierto, a pesar de ello, que la fe en la que creo también la invocan muchas personas que creen en la guerra, que creen en la injusticia racial, que justifican como legítimas muchas formas de tiranía. Mi vida debe, pues, ser un protesta, ante todo, contra ellas... 

Si digo que NO a todas esas fuerzas seculares, también digo SI a todo lo que es bueno en el mundo y en el hombre.  Digo SI a todo lo que es hermoso en la naturaleza, y para que éste sea el sí de una libertad y no de sometimiento, debo negarme a poseer cosa alguna en el mundo puramente como mía propia.  Digo SI a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos y hermanas en el mundo, pero para que este sí sea un asentimiento de liberación y no de subyugación, debo vivir de modo tal que ninguno de ellos me pertenezca ni yo pertenezca a alguno de ellos. Porque quiero ser más que un mero amigo de todos ellos me convierto, para todos, en un extraño”.

Son palabras de Thomas Merton, muerto en Bangkok en 1968.  Las he leído muchas veces, las he difundido, las he meditado; pero, hoy más que nunca, os las dedico con todo el cariño de mi alma, con toda la solidaridad de mi corazón, con todo el sufrimiento de mi soledad monástica.  Deseo que vuestro sacrificio sea semilla de paz, como el martirio de los mártires es semilla de nuevos cristianos.

Que los poderes de este mundo sepan que no se puede acallar la voz del silencio.

Francisco R. de Pascual, ocso. Monje de la Abadía cisterciense de Viaceli.

(Te invitamos a que expreses tu opinión...)

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06/10/2007 16:35 Autor: agustín. Enlace permanente. Hay 1 comentario.


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