Un sanpai que vale una vida
Comparto con vosotros la experiencia vivida en la sesshin de otoño en Luz Serena.
11 al 15 de octubre de 2006.
Hacia el atardecer del día 11 de octubre —cuando el otoño aparecía tímidamente con sus colores diversos y brillantes—, Luz Serena se volvió a llenar de personas interesadas en la vía. Procedentes de diversos lugares nos encontramos allí cada uno con nuestras inquietudes, sensaciones y sentimientos, pero con un mismo espíritu de encontrar los tres tesoros para asimilarlos y unificarlos a nuestras vidas.
La mirada interior serena y consciente fue penetrando poco a poco. En el silencio cómplice la paz guerrera iba invadiendo nuestros corazones el cual iba asentando las bases iniciales para la búsqueda y la doma del buey.
El zazen hacía su trabajo poco a poco. Respiración a respiración. Después se manifestaba como una unidad en la ceremonia. Allí el Hannia Haramita se expresaba de una manera singular. Las expresiones corporales y la grandeza se hacían presentes: ¡Vibraban!
A la hora de la comida: los oryoki. Entre el silencio surgía la armonía y la belleza. Sólo sonaba la música de las claquetas que se unía en una sinfonía con los sonidos tercos y torpes de los cubiertos y los cuencos. Entre ellos la voz rigurosa del instructor que daba las indicaciones para que no hubiera ninguna situación embarazosa, aunque alguna sí que se dio entre las sonrisas respetuosas —pero cómplices—, de los compañeros de servicio.
En el samu, el trabajo consciente se iba concibiendo, azada a azada, rastrillada a rastrillada, fregona a fregona, sin olvidar a los compañeros de la cocina que en su labor callada se reflejaba el trabajo diario de toda una Sangha.
A la hora del descanso nocturno todo se iba agregando poco a poco, para reencontrarnos con nosotros mismos —¡una vez más!—, y así ordenar todo lo que había sido el día. Era como recoger todas las experiencias vividas para unirlas e integrarlas y así dormir en meditación: zazen, los teisho, el samu, los oryoki….
Han sido experiencias conmovedoras…, pero estaba por venir lo mejor. El día de la gran experiencia que a todos nos tocó vivir: el gran sampai.
La víspera de la conclusión de la sesshin, Sensei le impuso el rakusu al practicante Rodrigo —residente en el templo—. Fue un momento sencillo y de emoción, pero fue al día siguiente cuando se manifestaría.
La sesshin estaba a punto de concluir. Después del Mondo Sensei dijo:
—Empezamos la conclusión de la sesshin. Igual que el primer día la iniciamos con un círculo de corazones, la vamos a concluir igual. Esto no es un debate, sino una manera de dejar hablar al corazón y que cada uno lo deje expresar.
Después de algunas intervenciones pidió la palabra Rodrigo. Desde su timidez las palabras iban fluyendo y calando en el corazón de cada uno como una lluvia de néctar celeste. En aquellas palabras al Sensei que salían tímidas y firmes de su corazón nos sentíamos unidos a él. Eran palabras de agradecimiento por la ayuda que le había dado para transformar su vida. Sensei lo miraba con extrema atención. La timidez de Rodrigo le impedía levantar los ojos. Su mirada estaba en el centro del dojo. En un momento extrajo debajo de su rakusu un poema que había escrito para manifestar al maestro su agradecimiento y quiso que la Sangha fuera testigo de ello. Cuando terminó de leerla se levantó y se situó delante de Sensei —ahora sí que estaba frente a frente: maestro a discípulo—, y le dijo: «Sensei no me salen las palabras para agradecerte lo que has hecho por mí, te voy hacer sampai porque te lo mereces». En ese momento los corazones de todos nosotros estaban vibrando. Con una atención sublime Rodrigo empezó a hacer sampai. Todos —en nuestro interior— lo estábamos haciendo con él. El maestro lo miraba con profunda satisfacción. Con sus manos en gasshô, recibió aquel sampai sincero y emocionado: una..., dos…, y tres veces: ¡los tres grandes tesoros! Cuando Rodrigo terminó, se retiro a su lugar. Sensei afirmó: «Esta es la flor de loto que surge del fango».
La emoción de aquella experiencia nos embriagó a todos. Allí se hizo presente: la Sangha está viva.
La experiencia que acababa de vivir resumía —para mí— toda la sesshin.
He visto por primera vez,
la otra cara de la luna.
¡Qué maravilla!
(Agustín Vázquez Caruncho)
